Al comienzo del Bulevar de El Cafetal, en la redoma contigua a Plaza Las Américas, se encuentra una de las principales esculturas de Narváez que iluminan a Caracas. La desgracia es que está apagada, vandalizada, por esos enemigos de la humanidad que se llaman bonito: los grafiteros. El Narváez de El Cafetal está pintarrajeado y violado por esa subespecie del malandro burgués que compite con el malandro de zonas más deprimidas.

Pero el grafitero es mucho peor. Procedente de clase media o alta, se las da de bohemio y artista, come tres veces al día y en realidad destruye los Narváez, las señales de tránsito, los edificios públicos y privados, el metro y cuanto no se encuentre vigilado las 24 horas del día. Estos monstruos -en realidad monstricos, porque son jóvenes- vienen recibiendo la adulación de gobiernos, ateneos y ministerios de cultura, aunque salvo dos o tres en toda Caracas (por cierto uno de ellos fue borrado por el acicalamiento de la autopista, a la altura de Coche) se trata de garabatos sin personalidad, que podrían ser hechos en serie.

Los grafittis son el principal ingrediente de la decadencia urbana. La basura puede recogerse, los abusos de autobuses y camionetas corregirse, el ruido de los carros, motos y ventas de CD quemados, eliminarse, pero restaurar el Narváez, los avisos de tránsito o los muros de piedra de Sabana Grande es mucho más difícil. Sobre todo, ningún bolajala ha hecho la apología del basurero, del forajido motorizado o de la botella de cerveza dejada estratégicamente para el mayor asco cívico. Pero los grafiteros se reputan artistas y creadores, cuando son un vándalo más, quizás el peor.

Las paredes urbanas siempre se han rayado. Pero con motivo: consignas políticas, protestas populares, "la imaginación al poder" decían los muros de París en mayo del 68. Aún así, la mayoría de los pintadores dañaban y ensuciaban, no tenían críticos de arte a su favor. El grafitti es la privatización de los muros públicos, ahora en manos de la generación perdida que se privatizó a sí misma con el nintendo y los ipod.

El rescate de lo urbano va más allá de limpiar muros y paredes. Hay que identificar y contener a esta horda de seudoartistas y ponerlos brocha en mano a reparar los daños causados: varias manos de pintura blanca tienen más valor estético que los garabatos que todo lo invaden.

Grafiteros