Un famoso comediante cubano, amigo mÃo, me contó que en cierta ocasión, a finales de los años setenta, enviaron una misión cultural a Corea del Norte, en la que se incluÃa a dos humoristas.
En ese entonces, allá gobernaba el tenebroso Kim II-Sung, horroroso dictador, papá del patético Kim Jong-il, actual dictador de Corea del Norte, más tenebroso y horroroso aún que su progenitor.
Lo cierto es que estos humoristas cubanos, al llegar a esta surrealista nación, fueron recibidos en el aeropuerto por un gris funcionario cultural, vestido de gris también, quien al enterarse del oficio al que se dedicaban, lo primero que les dijo, fue: –Queridos camaradas, aquÃ, en Corea del Norte ya superamos la etapa del humor.
Me contó mi amigo cubano que ellos se quedaron de piedra ante lo insólito de lo que vieron y vivieron allá a finales de los 70.
En los sitios en donde fueron a actuar sólo se encontraban con seres robotizados, vestidos de gris intenso y carente de emociones, que únicamente aplaudÃan cuando sus jefes lo ordenaban. Afortunadamente, estos cubanos llevaban instrumentos musicales y con eso medio se defendieron en aquella locura.
Los comunistas son muy buenos humoristas cuando están en la oposición, pero son terribles cuando por mala suerte llegan al poder. Automáticamente, todo lo que les parecÃa gracioso antes, ahora, desde el poder, por obra y gracia, se convierte en peligroso y prohibido para el resto de la población.
Algunos llegan al vergonzoso extremo de transformarse en especie de policÃas culturales que niegan a sus antiguos compañeros teatros, museos, editoriales o cualquier otra cosa ligada a la cultura que pueda caer en sus manos.
Sus obras, antes brillantes, de pronto se vuelven mediocres, cobardonas y asquerosamente zalameras hacia el poder de turno, del que ahora dependen, amparándose en una supuesta fidelidad ideológica.
Esto no sólo pasa en los gobiernos comunistas, sino también en los regÃmenes fascistas, valga la redundancia. La cultura libre y democrática, les molesta por igual a ambos.
Recuerdo cuando, hasta hace poco, nos reunÃamos actores, escritores, músicos y otros artistas en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela y en otros teatros del paÃs para, con humor, criticar a los gobiernos adecos y copeyanos.
Más de una vez, esos gobiernos nos pagaban a los artistas para que hiciéramos nuestro trabajo y nunca nos preguntaron (por lo menos a mà nunca me pasó), si uno apoyaba o no al gobierno de turno.
Por eso es que me da verdadera lástima ver castrados a algunos de esos ex compañeros, talentosos intelectuales, haciendo lo contrario de todo aquello por lo que algún dÃa luchamos juntos en una Venezuela en donde todos éramos bonitos y nos querÃamos a pesar de ser comunistas, copeyanos o adecos, lo que fuera.
El arte en general, pero sobre todo el humor, necesita no tener miedo ni dueño, para que la risa que produzca no saque lágrimas de vergüenza.
PD: El más grande y valiente de los humoristas venezolanos, el brillante Pedro León Zapata, no sólo está absolutamente recuperado, sino que viene peor en su lucha contra los sapos.




tristes tiempos para el humor. Estoy completamente de acuerdo... solo los hipocritas son incapaces de reirse de ellos mismos; prefieren el insulto facil y la critica feroz al discrepante.
Se llaman luchadores del pueblo... cuando realmente no les interesa